Haciendo Justicia:
La memoria de los argentinos es cosa más que
curiosa. La memoria literaria, en especial, suele dejar en el camino
autores que, luego de décadas o siglos, es necesario reconocer
de manera casi arqueológica. Textos valiosos en relación
con el entramado identitario de cada momento de nuestra existencia como
país, caen negligentemente (o tal vez como consecuencia de nuestra
actitud existencial suicida) en el olvido, ese abismo atroz que nos
separa de lo que fuimos. ¿Seremos zonzos como se pregunta Arturo
Jauretche en uno de sus conocidos escritos? (1) ¿Estaremos
despertando finalmente de nuestro adormecimiento a fuerza de golpes
e infortunios? No me corresponde aquí tal elucubración
sociológica. Lo que propongo en el presente artículo es,
precisamente, rescatar del olvido la figura de una escritora que pocos
conocen en su dimensión auténtica: Silvina Bullrich.
En los últimos años, los nombres de escritoras
argentinas como Victoria y Silvina Ocampo, Martha Lynch, Estela Canto,
Beatriz Guido, Alejandra Pizarnik, Eduarda Mansilla, Juana Manuela Gorriti,
Norah Lange, etc, han resurgido a la memoria colectiva desde un pasado
próximo o lejano, gracias a la dedicación de otras escritoras
que decidieron recordarlas en sus obras literarias, ensayos o biografías.
La figura de Silvina Bullrich, no obstante, permanece a la rivera del
camino, engalanada con el falaz epíteto de "escritora pasatista"
que algunos desmemoriados le han concedido. Pero pocos son quienes se
han tomado el trabajo de bucear en su obra y reconocer algunos de sus
méritos literarios.
Es verdad que la mayor parte de sus libros fue escrita
con el fin prosaico de la subsistencia y que no llegó, por tanto,
a la exquisitez conceptual y formal de sus célebres contemporáneos.
No obstante, es menester diferenciar en sus escritos dos vertientes
claras y equidistantes: la de la narrativa circunstancial y fácil,
cuyo fin único parece ser la ganancia monetaria que permite a
su autora automantenerse y mantener a su hijo, y la de las obras surgidas
desde la profundidad y la preocupación identitaria, coincidentes
con la segunda etapa de su vida. En relación con ésta
última se impone mencionar títulos que merecen pasar a
la posteridad como: "Los Burgueses", "Los Salvadores
de la Patria", "Los Pasajeros del Jardín"
y "Mis Memorias" (las dos últimas, con claros
referentes autobiográficos).
Silvina Bullrich nació en Buenos Aires el 4 de
octubre de 1915. Su padre, Rafael Bullrich, hijo de alemanes y educado
en París, fue el fundador de la cardiología argentina,
decano de la Facultad de Medicina de la UBA, amante de la cultura francesa
y coleccionista de obras de arte. Su madre, María Meyrelles,
era hija del embajador de Portugal en Argentina.
Silvina y sus dos hermanas, Laura y Marta, crecieron
en un ambiente culto y gozaron de un excelente pasar económico,
gracias al cual pudieron realizar frecuentes viajes a París,
en donde su abuelo paterno había sido diplomático. La
misma autora dijo respecto de aquella época de su vida:
"Fui, en la infancia, terriblemente feliz
(...) Nunca me gustaron las muñecas. Para mis cumpleaños
me hacía regalar arcos, flechas, hachas, rifles, cañones,
soldados de plomo y esa magnífica carpa de indios que era mi
gran orgullo.
De haber nacido cincuenta años después
me hubieran llevado a un psicoanalista y hubieran creído que
tenía tendencias lesbianas. Por fortuna, nací cuando a
nadie se le ocurría pensar cómo iba a evolucionar una
chica. A mis padres les causaba gracia mi disposición guerrera,
y mi padre afirmaba: ´Silvina es mi hijo varón´ ".
(2)
Tuvo libre acceso a la biblioteca de su padre y desde
niña manifestó su amor por las letras. No obstante, la
mujer de clase alta no solía recibir, por aquel entonces, una
severa formación que la proveyera de herramientas para una vida
de automanutención. Debido a ello, Silvina debió abandonar
sus estudios en el colegio Onésimo Leguizamón, luego de
la fase elemental. Curiosamente y, por otra parte, continuó asistiendo
a las lecciones de la Alliance Francaise, llegando a obtener
un diploma en formación humanística en aquella lengua.
Debido a la fascinación provocada por la lectura
de Zolá, Balzac, Flaubert, Corneille, Racine y los grandes autores
frenceses, operó en la joven una notable paradoja que marcó
las primeras décadas del siglo XX en la clase alta de nuestro
país: llegó a identificar a la cultura gala como propia
y a desconocer la riqueza de las letras argentinas, tal como lo cuenta
en sus memorias (situación que, a lo largo de su juventud, sin
embargo, logró corregir).
"Vivíamos henchidas de nostalgias
ajenas, de una Francia que no conocíamos pero echábamos
de menos por interpósita persona: por papá, por su infancia.
No ser francesas, no vivir en París, nos parecía un castigo
inmerecido. ¿Qué hacíamos en este país donde
sin embargo éramos tan dichosas sin saberlo? No era nuestro país,
nuestra patria espiritual era Francia." (3)
Habitantes de una Buenos Aires de esplendor, progreso
y lujo, en la que la oligarquía, luego tan criticada por la historia,
había construído teatros, palacios, petit hoteles,
casas de una arquitectura maravillosa y refinada, parques, bibliotecas,
el monumental y lírico Teatro Colón, etc, la pequeña
Silvina y su familia vivieron en carne propia la época de apogeo
económico de la Argentina, la que vieron los inmigrantes que
llegaban masivamente en barcos desde una Europa devastada y pobre.
"Tenía yo doce años y medio
cuando nos mudamos a la calle Galileo. Mi infancia quedaba atrás
con sus carpas de indio (...) Era una casa que constaba de planta baja,
piso de recepción, piso de dormitorios y piso de servidumbre.(...)
En aquella época el lujo residía en la casa, los autos,
los sirvientes (...) Los chicos vivían en medio de amplias habitaciones
lujosamente amuebladas, entre obras de arte: en casa, en forma especial,
la tercera colección de cuadros del país, servidos por
mucamos de guantes blancos, mucamas perfectamente uniformadas, choferes
de librea, pero debían pensar mucho antes de comprarse otro chocolatín".
(4)
Silvina comenzó a escribir en su adolescencia
y logró publicar algunos de sus poemas en la revista Atlántida.
En sus memorias recuerda, no obstante, el poco crédito que su
padre le otorgaba a tal actividad y el dolor que le provocó a
la joven la calificación de simple "valor local" que
aquél le adjudicase. Desde entonces entabló una gran amistad
con Manuel Mujica Láinez a quien se conocía en el círculo
literario como "Manucho" y quien tiempo después la
puso en contacto con Borges, Bioy Casares, Estela Canto y los grandes
de la generación anterior.
Silvina Bullrich contrajo matrimonio muy joven y tuvo
un hijo. No obstante, la convivencia resultó imposible y la relación
concluyó, encontrándose Silvina en la obligación
de autosolventarse y de mantener a la criatura en soledad. La escritura
pasó a ser, de tal modo, no solo una necesidad creativa sino
también una posibilidad, la única, de ganar dinero. Muerto
su padre, la tragedia envolvió a la familia. Una a una, sus hermanas
y su madre (quien había empeñado y desempeñado
más de una vez una de sus joyas para que Silvina publicara sus
primeros libros) fueron desapareciendo.
A pesar del éxito arrollador de sus novelas y
cuentos, que en su momento fueron auténticos best sellers, la
vida de la autora transcurría entre la redacción de sus
obras, los viajes continuos a congresos y presentaciones y las breves
temporadas en un pequeño campo que adquirió a fuerza del
ahorro. En reiteradas ocasiones París se convirtió en
un refugio del cual, no obstante, era cada vez más necesario
retornar. Los viajes le proveyeron material para sus escritos.
"No sería quien soy sin haber visto
tanto mundo. Llevo en mis retinas los sangrantes Cristos españoles,
los Budas inmensos, las ciudades, los bosques y las aldeas, los mares
semejantes que llevan a distintos nombres." (5)
En uno de ellos, precisamente en París, conoció
a quien se convertiría en su segundo marido: Marcelo Dupont.
No obstante, la tragedia la golpeó una vez más cuando
se enteró, poco tiempo después del enlace, de que él
padecía un cáncer terminal. Desconsolada, plasmó
la historia de su amor trágico en la novela "Los Pasajeros
del Jardín", antes mencionada, que luego fue llevada
al cine por Alejandro Doria, con la actuación de Rodolfo Ranni
y Graciela Borges.
"Tuve que luchar contra mí misma para
no caer en esa anticipación del desamparo y de la desdicha, para
volver a ejecutar actos cotidianos, saber que aún vivías
y estarías pronto de vuelta en el Jardín Azul"
(6)
Las experiencias trágicas y la toma de conciencia
de su propia argentinidad maduraron en Silvina su necesidad literaria.
Abandonó por completo los temas "femeninos" y "pasatistas"
(la incomunicación en el matrimonio, la postergación de
la mujer, la traición amorosa, el enamoramiento, las diferencias
generacionales entre madres e hijas, etc) y se abocó a desmadejar
las entrañas identitarias del país, que ya no era aquel
émulo de la civilización europea sino que se había
convertido en el espacio periférico de las dictaduras y los avatares
latinoamericanos. Silvina Bullrich comenzó a vivir su identidad
argentina a partir del despojamiento (rasgo, al parecer, tan propiamente
argentino, hoy más que nunca) y a partir de ella, su actividad
literaria se redefinió como una necesidad espiritual, como una
realización de su propia condición de rioplatense:
"Cada vez me siento mejor en estas tierras
y menos a gusto en el extranjero. Me duele demasiado que nos ignoren,
que nos menosprecien, que nos juzguen, sin siquiera darnos la oportunidad
de defendernos." (7)
"Mi ciudad, sus casas, el cementerio de la
Recoleta... Sobre todo esto está cimentada mi vida y mi obra.
Por Buenos Aires y para Buenos Aires escribo mis memorias. Para toda
la Argentina quizás..." (8)
Pasó los últimos años de su vida
recluída en Punta del Este (Uruguay), ciudad a la que prefería
debido a su pasividad y quietud. Visitada en ocasiones por amigos y
su familia (hijo, nuera y nietos) se quejaba en sus memorias de la crudeza
de la soledad y reconocía en ella la pena lógica que debía
pagar por haber sobrevivido para contar las tragedias de su gente.
Falleció en 1989. Actualmente sus restos descansan
en el cementerio privado "Jardín de Paz", en la Provincia
de Buenos Aires
Acerca de su obra:
"Los Burgueses" es la primera
novela de la trilogía "sociopolítica". En ella
se advierte la influencia formal del "Nouveau Roman"
que proveyó a Silvina la traducción de algunas obras de
la escritora contemporánea Natalie Sarraute. La trilogía
se completa con "Los Salvadores de la Patria"
y "Los Monstruos Sagrados". Las tres obras pretenden
dar cuenta de los tres pilares corrompidos sobre los que se sostiene
la sociedad argentina de los años ´50 y ´60: la oligarquía,
el parlamento, los intelectuales. Silvina no perdona a su propia clase
social el haberse prostituído en pos de un vano bienestar material
y a costa del país. "Los Burgueses",
cuya estructura de monólogo interior y de observación
polifónica sorprende al lector "bullrichtiano" denuncia
la devaluación cultural y social que ha sobrevenido a la clase
terrateniente y hegemónica debido a su ambición, su hipocresía
y su desidentidad.
"Hay dos corrientes marcadas en la familia:
la de los anglófilos y la de los francófilos. Pero están
también los condesitos da Berttini y ellos tienen el deber de
hablar en italiano; sería una vergüenza que no supieran
su idioma cuando fueran a Florencia (...) Los hijos de los parientes
pobres hablan español pero temen que nadie los entienda y sienten
además un gran complejo de inferioridad." (9)
"Los Salvadores de la Patria",
obra de una actualidad desgraciadamente atroz, desnuda la deslealtad
y el accionar turbio de nuestros legisladores, los hombres que detentan
inútilmente el poder, vendidos a sus intereses personales y a
los lobbies de orígenes inciertos. Precedida por una cruda cita
de Bertold Brecht ("Desgraciados los pueblos que necesitan héroes"),
la obra describe descarnadamente lo ridículo y la desfachatez
que envuelven una sesión ordinaria en la cámara de diputados.
En ella, nuevamente, se aprecia el choque solapado entre la oligarquía
y la clase media, resultantes sociales de la antigua dicotomía
entre lo patricio y lo inmigrante. Los primeros, no obstante, no se
muestran a la altura de sus antepasados, de quienes solo han heredado
un apellido y una posición que desmerecen en sus actos, pero
que enarbolan como bandera del favoritismo y el acomodo:
"No se violente, Señor diputado; nadie
le impide admirar a nuestros próceres y menos quienes descendemos
de ellos, cosa que, según tengo entendido, no le ocurre al señor
diputado." (10)
En la mencionada sesión, el ministro de economía
ha de ser interpelado por la cámara, a fin de que rinda cuentas
sobre sus actos y desmanes.
"Déjese de macanas, sabe perfectamente
que la interpelación es una cortina de humo, una de tantas, para
cubrir los acuerdos secretos de los partidos antagónicos, para
realzar la titubeante y brumosa personalidad del Ministro; para hacerle
creer al pueblo que la oposición está viva y distraerlo
de la ininterrumpida suba del costo de vida." (11)
"Esto está cada vez peor, estamos
al borde del caos, espero que alguien se atreva a decirlo... El caos,
no hay otra palabra, yo por si acaso, se lo digo confidencialmente,
he mandado a EEUU toda mi fortuna, lo poco que tengo, claro está
...Por eso yo ni un peso coloco en el país." (12)
La memoria de los argentinos es frágil y selectiva.
Los escritos literarios y los documentos históricos deberían
servir (entre otras cosas) para refrescarnos continuamente nuestra identidad,
nuestro pasado y nuestros vicios y virtudes. Estamos entrampados en
un eterno retorno, en un no tiempo que, cual obra del Absurdo beckettiano
simboliza la condena a causa de la propia elección del sin sentido.
Debemos conocer más y reconocernos más en los escritos
de nuestros autores. ¿Por qué se reedita "Los
Burgueses" y no "Los Salvadores de la Patria"?
¿Por qué lo que se narra en ésta última
se parece tanto a nuestro presente? ¿Por qué no superamos
la etapa adolescente de la autodestrucción? No me competen tales
respuestas, al menos no en este lugar y en este momento.
Recordando a Silvina Bullrich nos viene a la mente la
imagen del país que fuimos y el que dejamos de ser, del país
que somos y el que quisiéramos volver a ser. Tal vez el recuerdo,
la recuperación de nuestra memoria, sea un buen comienzo...
Notas
(1) Jauretche, Arturo, Manual de zonceras argentinas,
Buenos Aires, Corregidor, 1998.
(2) Mis Memorias, página 23.
(3) Ibidem, pág. 44.
(4) Ibidem, pp 49, 59 y 60.
(5) Ibidem, pág. 372.
(6) Los Pasajeros del Jardín, pág. 63.
(7) Mis Memorias, pág. 375.
(8) Ibidem, pág. 390.
(9) Los Burgueses, pp. 35 y 36.
(10) Los Salvadores de la Patria, pág. 11.
(11) Ibidem, pp. 12 y 13.
(12) Ibidem, pág. 85.
Bibliografía
- BARCIA, Pedro Luis.
La Catarsis del autor: de lo autobiográfico a lo ficcional,
estudio introductorio a "Los Pasajeros del Jardín",
Buenos Aires, Nuevo Siglo, 1995.
- BULLRICH, Silvina.
Bodas de Cristal, en Tres Novelas, Buenos Aires, Sudamericana,
La Mujer Postergada, Buenos Aires, Sudamericana, 1982.
Los Burgueses, Buenos Aires, Sudamericana, 1964.
Los Monstruos Sagrados, Buenos Aires, Sudamericana,
1966.
Los Pasajeros del Jardín, Buenos Aires, Nuevo
Siglo, 1995.
Los Salvadores de la Patria, Buenos Aires, Sudamericana,
1965.
Mis Memorias, Buenos Aires, Emecé, 1980
Su excelencia envió el informe, Buenos Aires,
Emecé, 1974.
- GRONDONA, Adela.
¿Por qué escribimos?, Buenos Aires, Emecé,
1969.
Libros escritos por Silvina bullrich
A los 19 años envía sus
primeros versos a la revista "Atlántida" y son publicados
Publica luego "Vibraciones" (libro de poemas
que contiene obras escritas entre los 14 y los 18 años).
"Las sombras" (acto en verso,
aparecido en La Nación, en 1938)
"Calles de Buenos Aires" (su primera novela)
"Saloma"
"La redoma del primer ángel" (1943)
"La tercera versión" (1944)
"Historia de un silencio" (1949)
"El hechicero" (1961)
"Bodas de Cristal"
"Mientras los demás viven"
"Un momento muy largo" (las tres últimas
obras conformarán luego el libro "Tres novelas")
"Los Burgueses" (1964)
"Los salvadores de la patria" (1965)
"Los monstruos sagrados" (1971- las tres últimas
conforman una trilogía)
"Carta a un joven cuentista" (1968)
"Mañana digo basta" (1970)
"Los despiadados"
"La aventura interior"
"George Sand" (biografía novelada)
"Carta abierta a los hijos" (1969- ensayo)
"Entre mis veinte y mis treinta años"
(1970)
"Teléfono ocupado"
"Su excelencia envió el informe" (1974)
"Te acordarás de Taormina"
"El mundo que yo ví" (1970 - recopilación
de artículos de viajes publicados en La Nación y otros
medios a lo largo de su vida).
"Reunión de directorio" (1977)
"Mis memorias" (1980)
"Novelas escogidas"
"La Argentina contradictoria"
"El calor humano" (1970)
"El hombre con historia"
"Mal don"
"Los pasajeros del jardín" (1971)
"Todos los hombres son mortales"
"La creciente" (1967)
"Historias inmorales" (1965)
"La mujer postergada" (1982)
"Escándalo Bancario" (1980)
"Después del escándalo" (1981)
"Será justicia"
"Cuento cruel" (1983)
"Más vida y gloria del Teatro Colón"
"Floria Tristán, la visionaria" (1982)
"La Bicicleta" (1983)
"A qué hora murió el enfermo"
(1984)
"George Sand" (biografía)
Además, Silvina Bullrich escribió numerosos
artículos en La Nación, Atlántida y otros medios
y tradujo, entre otros, la obra de George Sand, Simone de Beauvoir, F.
Mauriac, y A. Malreaux.
Nota por Mercedes Giuffré
Noviembre de 2002 publicada por Revista Digital de Cultura
SITIO AL MARGEN
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