Un escritor Rosarino
Los Bailes pertenece a Cuentos Correntinos
Libros que nos cambiaron la vida
Por Darwy Berti (Nota extraída de Momarandu.com).
"En estas tierras guaraníes donde hasta los pájaros cantan mal, según el muy etnocentrista europeo Buffon,
también hay libros capaces de cambiar la vida de un hombre.
Por ejemplo: “Che retá”. Por ejemplo: “Yo El Supremo”. Por ejemplo: “Cuentos de la selva”. Por ejemplo: “Cuentos correntinos”.
Velmiro Ayala Gauna, autor de estos “Cuentos correntinos”, que ilustró Arancio y que editó Colmegna, es, sin duda, un escritor correntino al cual no se puede leerle sin creerle, aún cuando escriba cuentos.Es tan auténtico y tan simple como el pan casero. E igualmente nutritivo.
Sí, a partir de la década del 50, miles de correntinos nos nutrimos con estos cuentos que cuarenta años después el chaqueño Mempo Giardinelli volvería a publicar, en su difundida revista “Puro cuento”, junto a textos de Horacio Quiroga, de Augusto Roa Bastos y de Gerardo Pisarello.
Qué gusto nos dio volver a leer cuatro décadas después “La abuela”, cuyo machismo horrorizaría hasta al doctor Freud.
En la revista de Mempo y en posteriores antologías del cuento argentino que reunía a Arlt, Borges y Cortázar, se publicarían El Cuarajhí Yara, Paí Pajarito, Araña Pollito, Don Frutos Gómez el comisario, El Lobisón y otros textos que cambiaron nuestra vida.
¿Y cómo esta escritura cambió nuestra vida? Convirtiéndonos de surrealistas, en realistas del sur, en auténticos correntinos con todos los tics del chamamé, de las costubres y maneras de ser de los paisanos de estas tierras guaraníes. Esta escritura, acaso sagrada, nos descolonizó.
Fue una conversión inversa"....
Los Bailes Por Velmiro Ayala Gauna
Doña Petrona prepara la masa para los
"chipás", las sabrosas tortas de almidón de
mandioca que han hecho su fama en Crucesitas. Sus rollizos brazos
morenos están empolvados hasta el codo y su frente
comienza a perlarse de sudor por el esfuerzo.
Afuera la naranja del sol madura en el cielo tropical y sus
reflejos sobre las aguas del río, disparan luminosas
saetas en la diafanidad del aire.
Jacinta, la mayor de sus hijas, está en el patio
calentando el horno mientras Rosa, la menor, se afana cosiendo su
vestido de fiesta.
- ¡Mamá!... - dice de pronto esta última.
En su voz tiemblan los acentos de un ruego.
Anticipándose al pedido, la madre truena desde la
cocina:
- ¡No!...
- Pero... - protesta la muchacha - si no iba a pedirle nada.
Solamente quería saber una cosa.
- Bueno... - contesta doña Petrona desconfiada -
preguntá nomás...
- ¿Cuántos años tenías cuando
empezaste a dir a los bailes? Ya serías medio bichoca,
¿no?
- ¡Bichoca!... ¡Hum!... Si apenas tenía
quince...
- Y yo tengo dieciséis y entuavía no me has dado
el gusto.
- ¡No!... ¡No!... ¡No!... - replica la
progenitora -. Ya te dije que no irías.
Rosa calla pero no abandona la esperanza y sigue afanosa
ocupada en su trabajo. Aunque desde hace quince días vive
procurando inútilmente conseguir el permiso para ir al
baile en el almacén de don Rosendo, espera que, a
última hora, el milagro se produzca. No en balde le ha
venido rezando a la Virgen de Caá-Cupé y le ha
prometido encender, frente a su imagen, un paquete de velas.
Da la última puntada y la asegura, luego va a la cocina
a preparar la plancha para estirar la pollera. Ya lleva el
cabello ceñido por una cinta roja que no consigue, sin
embargo, rivalizar con el rojo de sus labios frescos.
La madre la sigue con la mirada sin decir palabra y se ve a
sí misma unos veinte años atrás. Igual que
ella tuvo que luchar contra la resistencia de sus mayores, igual
que ella estaba ansiosa de entregarse en los brazos de un hombre
al compás de la música.
***
Rosa ya ha cargado la plancha con brasas y sale a dejarla
sobre una piedra en el patio para que se caliente. Al agacharse,
sus caderas se muestran rotundas, pese a su nubilidad, y cuando
se incorpora, en la blusa se marcan los senos enhiestos.
- ¡Já!... - Dice doña Petrona - ¡Y
cómo se le van a dir al humo los hombres cuando la vean!
Mesmo que moscas a la miel...
El grito de un niño que llega desde la pieza interior
arranca a Jacinta de frente a la boca del horno.
- ¡Ahí tenés...! - tiene ganas de decir la
vieja - lo que traen los bailes...
Porque fue hace tres años, más o menos, que a
ruegos de su comadre Emeteria, dejó ir a uno de ellos a su
hija mayor. En lo mejor de la fiesta la guardiana quedó
dormida y la muchacha mareada por la música y las bebidas,
olvidó los consejos recibidos y salió con un joven
a tomar "un poco de aire".
A los nueve meses vino al mundo Rómulo, su primer
nieto.
¡Y qué lindos eran los bailes! Aún
recordaba cuando ella fue por primera vez. Llegó temprano
y se acomodó en una silla en un rincón. El piso
estaba bien barrido y recién regado. El olor a tierra
mojada le hacía cosquillas en la nariz. Ella estaba tiesa
dentro de sus enaguas almidonadas y temerosa de que nadie la
sacara a bailar.
Pero no fue así, los "damos" disputaban por sacarla y
hasta hubo un intento de riña por su causa que no
llegó a mayores debido a la presencia del comisario.
Bailó y bailó hasta aturdirse, y cuando Pedro,
el hijo del patrón que estaba pasando las vacaciones en la
estancia, la invitó a salir afuera a descansar, ella no
pudo negarse.
Fueron debajo de los naranjales de la quinta. Había un
intenso perfume de azahares en el aire.
Se sentaron sobre la hierba, mullida y fresca. Pedro la
tomó de las manos y le habló dulcemente. Sus labios
ardientes se posaron en los suyos y se durmieron en un beso.
Todavía recordaba cómo, a través del
follaje, pudo ver el brillar de las estrellas en la noche.
Así nació Jacinta.
Recién a los tres años volvió a otro
baile con el firme propósito de mirar solamente. Para
distraer sus ocios bebía una copa de anís de tiempo
en tiempo. El calor y el alcohol minaron su resistencia y al
promediar la noche era la más entusiasta danzarina.
Fiel a la promesa no salió con nadie de la sala de
fiesta, pero, en cambio, permitió que un forastero, lo
más serio, la acompañase de vuelta hasta el
rancho.
A mitad del camino sintió un gran cansancio y se
sentaron a descansar bajo un ombú. Poco a poco fue
apoyando la cabeza en el pecho del hombre arrullada por sus
palabras.
Así nació Rosa.
Doña Petrona sacude la cabeza como para ahuyentar los
recuerdos, modela las tortas, las pone sobre hojas de achira y
las coloca en una fuente que Jacinta se encargará de
llevar al horno.
Rosa, en la pieza cercana sigue planchando sus galas y de vez
en cuando la mira con ojos lastimeros.
No dice nada pero ella comprende su muda súplica y poco
a poco su tierno corazón se va ablandando.
Cuando termina la tarea llama a las hijas a su alrededor y
dice:
- Ya no puedo aguantar más la mirada e carnero
degollau de ésta, ansí que la vua dejar dir.
Rosa abre sus enormes ojos y abraza agradecida a la madre.
- Pero - prosigue - vas a dir con Jacinta pa que te
cuide...
Reflexiona un rato y concluye sentenciosa:
- ... Y yo vua dir pa cuidar e las dos... ¡Ya no quiero
más críos en la casa!... ¡Si sabré yo
lo que son los bailes...!
***
Los viajeros que llegan en busca de los afamados
"chipás" de doña Petrona cuando ven en el patio a
tres criaturas de pocos meses, gateando, exclaman:
- ¡Qué igualitos! Parece que fueran
trillizos...
La madre y las dos hijas enrojecen y callan.
Pero a veces el visitante insiste.
- ¿Cómo se llaman?
- Rosa, como yo... - dice alegremente la menor.
- Juan - contesta Jacinta indiferente.
- ¡Pascual Bailón! - responde secamente la vieja
y dando vueltas entra furiosa a la cocina.
Próximamente continuaremos con este inolvidable escritor rosarino
El presente cuento fue publicado en el sitio www.libros y cuentos.com.ar
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