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Régine Pernoud

Régine Pernoud, Historiadora, Medievalista,Paleógrafa y Doctora en Letras Francesa.




Regine Pernoud Nació en Château-Chinon (Nièvre) y falleció el 22 de abril de 1998. Fue conservadora honoraria de los Archivos Nacionales de Francia.
Obtuvo en 1929 el grado de Licenciada en Letras de la Universidad de Aix-en-Provence. Obtendría también su Doctorado en Letras de la École Nationale des Chartes y de la École du Louvre. Fue conservadora del museo de Reims en 1947 y dos años más tarde del Museo de Historia Francesa.
Es una especialista mundialmente reconocida en la historia de la Edad Media.
Trabajo

Su trabajo muestra el lugar privilegiado de la mujer en la Edad Media, asunto al que dedicó varios libros, entre ellos La mujer en el tiempo de las catedrales y Leonor de Aquitania. Fue además una de las mayores especialistas en Juana de Arco".
Pernoud es una de las especialistas que más han contribuido a rehabilitar la Edad Media, contra la imagen oscura que de esta época habían pintado los tópicos.
En 1978 fue galardonada con el Gran Premio de la Villa de París. En 1997 recibió el Gran Premio Gobert de la Academia francesa por el conjunto de su obra.


Bibliografía

  • Ensayo de la Historia del Puerto de Marsella desde sus orígenes hasta el fin del Siglo XIII. Tesis para obtener el Doctorado, presentada en la Facultad de Artes de la Universidad de Paris, (1935)
  • La Unidad Francesa, PUF, (1944)
  • Luces del Medioevo, Graset (1944)
  • Vida y muerte de Juana de Arco, testimonios del proceso de rehabilitación 1950-1956, Hachette, (1953)
  • Cristina de Pizán, Olañeta, 2000, ISBN 84-7651-857-9
  • ¿Qué es la Edad Media?, Magisterio Español, ISBN 84-265-2512-1
  • La Mujer en Tiempos de las Cruzadas, Complutense, ISBN 84-89784-68-X
  • Para Acabar con la Edad Media, Jose J. De Olañeta (Editor), ISBN 84-7651-703-3
  • Hildegarda de Bingen: Una Conciencia Inspirada Del Siglo XII, Paidos Iberica, ISBN 84-493-0617-5
  • San Martin de Tours, Encuentro, ISBN 84-7490-482-X
  • Blanca de Castilla: La Gran Reina de la Europa Medieval, Belacqua, ISBN 84-95894-18-1
  • Eloisa y Abelardo, Espasa Calpe, Madrid, 1973, ISBN 978-84-239-1548-4
  • Leonor de Aquitania, Espasa Calpe, Madrid, 1969, ISBN 978-84-239-1454-8
  • (1987) Los Hombres de las cruzadas: historia de los soldados de Dios. Swan. ISBN 84-85595-45-9.
  • Régine Pernoud, Marta Vasallo (1999). La mujer en el tiempo de las catedrales. Editorial Andrés Bello. ISBN 84-89691-96-7.
Fuente:es.Wikipedia.org

LINEA ANIMADA

 

LA ETERNIDAD MISMA ESTÁ EN LO TEMPORAL.

Entrevista a Regine Pernoud sobre Juana de Arco

STEFANO PACI  

HUMANITAS Nº14

“Había un gran proyecto político que estaban llevando adelante intelectuales, profesores universitarios, algunos obispos y quienes tenían el poder. Y de improviso una muchacha, pastora de ovejas, se había puesto de por medio. Podía hacerlo fracasar. Además, decía que hablaba en nombre de Dios. Era intolerable. Eran ellos, los intelectuales y políticos, los defensores de la Iglesia. Eran ellos, los obispos y los clérigos, los únicos que tenían derecho a hablar en nombre de Dios y suscitar entusiasmo en el pueblo. Esta muchacha era una piedra donde podían tropezar. Había que eliminarla. Y eso sucedió. Para hacerlo, el poder se sirvió de hombres de religión y de un proceso eclesiástico. A Juana la traicionaron los suyos. En nombre de la Iglesia se mató a la que Péguy define como “la santa y mártir más grande, santa dos veces”, porque su martirio ocurrió “en el seno de la cristiandad”. Su juicio es un ejemplo de clericalismo que aún hoy, quinientos años después, hace hervir la sangre”.

Cuando se cumple un año de la muerte de la célebre historiadora que afirma lo de arriba dicho, Régine Pernoud –quien fuera miembro del Consejo de HUMANITAS y generosa colaboradora de esta revista, hemos querido recordarla publicando esta entrevista que 30 Giorni le hiciera sobre Juana de Arco.

En estas páginas, Régine Pernoud relee la historia de la joven de Orleáns, su actualidad, su martirio provocado por el odio, no sólo de los ingleses, sino de un lobby universitario-político-eclesiástico.

- Señora Pernoud, ¿cuál era el proyecto en el que estaban aliados profesores, políticos y eclesiásticos, que desencadenó el odio contra Juana de Arco?

- Era un proyecto elaborado en la Universidad de París. El tratado de Troyes había concedido la doble corona de rey de Francia y de Inglaterra al descendiente de Enrique V de Lancaster y de Catalina de Francia. De hecho, se trata de convertir a Francia en una provincia de Inglaterra. Se vivía en un período de transición, con un cuadro político muy confuso, y parecía que dicho proyecto no iba a encontrar opositores. Inglaterra ofrece dinero, beneficios y prebendas a todos los que puedan ser útiles para sus fines. Los intelectuales quedan seducidos, la Universidad de París está toda a favor del rey de Inglaterra. Y también muchos nobles, como los duques de Borgoña y de Normandía, y muchos obispos. Cuando, en octubre de 1428, los ingleses cercan la ciudad de Orleáns, es decir, el corazón de Francia, todos comprenden que la nación está perdida.

Pero de pronto sucede algo completamente imprevisto. En marzo de 1429 una joven campesina se presenta al rey. Dice que su nombre es Juana. No sabe ni leer ni escribir, pero dice que ha sido enviada por Dios para liberar a Francia. Le pide al rey un nuevo esfuerzo para la guerra. Es increíble, pero consigue convencerlo y pocas semanas después esta muchacha está al frente de las tropas y en sólo ocho días libera Orleáns. Después de esta empresa, convence al rey para que vaya a Reims a recibir la corona.

Es fácil imaginar el odio que Juana suscitó no sólo en los ingleses, sino también en todo ese lobby universitario-político-eclesiástico que con tanto esmero había preparado el proyecto, y que ahora ve que se le escapa de las manos. Y cuando, abandonada por un rey pusilánime, Juana cae por fin en su poder, vendida por dos mil piezas de oro, este lobby decide pedirle cuentas e instruye un proceso que la condena a muerte.

- Lo más sorprendente es que se trata de un proceso eclesiástico dirigido por un obispo, y que Juana, tan obediente y fiel a la Iglesia, es condenada por herejía.

- Sí, los miembros del tribunal son conscientes de que se trata de un proceso eclesiástico. Lo preside el obispo de Beauvais, Pierre Cauchon. El mismo había preparado, elaborado y perfeccionado el proyecto que comentábamos antes.

El de Juana de Arco es un proceso de inquisición. Estos procesos habían comenzado en 1231 para oponerse al maniqueísmo, una herejía que había penetrado en profundidad en los puntos clave de la Iglesia medieval. Pero los tribunales eclesiásticos no siguieron siendo por mucho tiempo lugares de Iglesia. Felipe el Hermoso, por ejemplo, se sirve de ellos para sus fines, y usa a eclesiásticos que dependen completamente de él para condenar a los Templarios. El proceso contra los Templarios es un horror, lo mismo que el de Juana de Arco. La Iglesia se “prestaba” al poder político hasta tal punto que instituía a su placer tribunales. Porque ella misma se consideraba una potencia. Pero este clericalismo no pertenece sólo al siglo XIV. Hoy también existe esta tendencia: forma parte de la vida de la Iglesia. La diferencia es que ahora se presenta bajo formas diferentes. Creo que actualmente esto se ve más en Italia y Alemania que en Francia.

- ¿Podemos decir que Juana encontró a su verdadero enemigo dentro de la Iglesia?

- Sí. Su batalla más grande la combatió contra los hermanos que compartían su misma fe cristiana. Y no se puede imaginar suplicio peor. Sin embargo aunque sabe que está frente a un tribunal eclesiástico, en un momento determinado exclama: “Vosotros no sois la Iglesia”. Nadie había sido nunca tan audaz como ella en su adhesión a la Iglesia, pero en esta difícil situación logra distinguir qué es la Iglesia y qué son esos profesores parisinos movidos sólo por intereses políticos. Su lucidez es aún más admirable si pensamos en la capciosa astucia que usan para poder confundirla y condenar por herejía. Los jueces insisten en que les haga una distinción entre Iglesia militante e Iglesia triunfante. Pero ella no sabe el significado de esos términos. Y responde: “Puesto que toda la Iglesia es de Dios, la diferencia no debe ser muy importante”. Y tiene razón: Cristo y su Iglesia son todo uno. Establecer estas distinciones es algo que puede ser interesante para los teólogos, pero no aparece en el Evangelio.

- ¿Cómo se comportó el rey Carlos durante todo este período?

- El rey Carlos le debía todo, pero no se interesó nunca por ella durante su larga detención y el proceso. Juana tuvo que sentir que también él la abandonaba, el rey cristiano. Porque ésta era la conciencia que tenía de sí mismo Carlos VII: un rey que podía juzgar y entrar en las cosas de la Iglesia. Hay que rendir homenaje a quien, en los tiempos modernos, quiso la separación de la Iglesia y del Estado. Ha tenido efectos extremadamente benéficos, aunque tal vez no era fácil darse cuenta inmediatamente. Pero ahora resulta evidente. Y cuando se dan imposiciones, quizás a escondidas, entre poder político y eclesiástico, aún hoy suceden desastres.

- ¿Por qué un proceso eclesiástico contra Juana de Arco?

- Por necesidad política. Si se conseguía demostrar que Juana era una bruja, o una hereje, la consagración del rey Carlos celebrada en la Catedral de Reims perdía su sentido sagrado. Y al mismo tiempo se derrumbaba la consideración que los franceses tenían de su nuevo rey. Pero este proceso, en el que participaron seis profesores universitarios parisinos que desempeñarán un papel muy activo, prelados procedentes de Normandía e Inglaterra, canónigos de Rouen y abogados del tribunal eclesiástico, obtuvo en realidad un resultado diametralmente opuesto.

- ¿Cuál?

- El de entregarnos las actas de una especie de proceso de santidad. El obispo Cauchon tuvo que pensar que iba a ser fácil, para un tribunal formado por universitarios de alto nivel, expertos en teología, en derecho civil y en derecho canónico, hacer que una joven campesina se confundiera e hiciera afirmaciones heréticas o hacerla caer en contradicción consigo misma o con la Iglesia. En cambio, sucedió lo contrario. Y ahora las actas de aquel proceso son algo precioso.

De Juana de Arco no nos queda ni un retrato ni una tumba y, por temor a que fueran veneradas, después de la hoguera sus cenizas fueron arrojadas en el Sena. De ella nos quedan sólo sus palabras y declaraciones tomadas en el proceso. Parece una paradoja, pero el proceso que la condenó por herejía construye en realidad un monumento a su santidad y a su sólida fidelidad al Señor y a su Iglesia, que hombres de Iglesia tratan capciosamente de minar. Por las respuestas que el notario Guillaume Manchon registra día tras día sabemos que la vida de Juana fue una respuesta: una respuesta a la llamada de Dios. Un llamamiento tan concreto que nos deja atónitos: por medio de voces, que ella concretamente oía. Y, una vez que Juana comprende que las voces misteriosas que le hablan son un mensaje que viene de Dios, deja de tener dudas y tiene un único objetivo en la vida: adecuarse a lo que se le pide. A los doctos profesores de universidad, que entre otras cosas insisten en saber dónde tiene la “mandrágora”, una hierba que decían que daba poderes diabólicos, responde siempre de manera concreta. Lo mismo en relación con sus voces misteriosas. “La primera vez tuve mucho miedo”, dice. “Era casi mediodía, de verano, y estaba en el jardín de mi padre. Y no había ayunado el día anterior”. Cuando le preguntan qué le sucederá a su “partido”, responde: “Antes de siete años los ingleses perderán todo lo que tienen en Francia. Será una gran victoria que Dios enviará a los franceses”. Seis años y medio después, Carlos VII entrará victorioso en París.

Leyendo las actas del proceso nos damos cuenta de que frente a los argumentos de intelectuales seguros de sí mismos –y que se apoyan en poderes políticos que piensan que van “en el sentido de la Historia”- Juana representa la fe: la fe en su sencillez y también en su potencia. No es una casualidad que el cardenal Jean Daniélou la haya definido “la santa de lo temporal”.

- Dieciocho años después de la condena por herejía, se abrió un nuevo proceso. ¿Por qué?

- El rey Carlos VII entra en Rouen, en Normandía reconquistada. Es la ciudad donde fue quemada Juana. Ordena una investigación oficiosa para “saber la verdad de aquel proceso y el modo en que se llevó a cabo”. Los testigos aún vivían, entre ellos el notario que había redactado las actas del proceso. En los años siguientes se llevaron a cabo otras dos investigaciones, esta vez oficiales, que acabaron en un nuevo proceso de la Inquisición que se abrió en 1455 en Notre Dame de París: en la primera sesión los comisarios del rey escucharon las declaraciones de la madre de Juana, Isabelle Romée. Luego los testigos de su infancia y juventud. El proceso de rehabilitación anuló solemnemente el primero, cuyas injusticias fueron mostradas por entero, y alejó de Juana toda sospecha de herejía.

La lectura de las actas de este proceso de rehabilitación y las declaraciones de quienes la conocieron nos hacen pensar, sin llevar demasiado lejos la paradoja, que Juana habría sido igualmente santa aunque Dios no le hubiera pedido cosas tan excepcionales. Aún antes de ser “informada”, aún antes de sentir la llamada que venía “de la parte izquierda del jardín de su padre”. Porque la fe hace que sean preciosas incluso las ocupaciones más triviales y diarias. Y los viejos amigos de Domremy recuerdan de ella: “Era como los demás, hacía lo que las demás: se ocupaba de la casa, hilaba, llevaba el ganado a pastar”.

Pero lo que asombra leyendo estos testimonios es que también en sus conciudadanos hay la misma mirada justa, la misma piedad hacia lo real que hallamos en Juana: están igualmente penetrados por el anuncio cristiano, por el Evangelio que les proclama el cura. Poseen almas rectas. Han vivido los horrores de la guerra, de la invasión, pero la fe está presente y es concreta, a pesar de sus debilidades y pasiones. El hecho cristiano está aún presente concretamente en el pueblo, mientras el proceso de condena muestra que las elites, intelectuales y religiosas, ya estaban separándose de él, lo estaban convirtiendo en un hecho intelectual. También por esto Juana puede considerarse de verdad la santa de nuestro tiempo.

- Charles Péguy, en el Misterio de la caridad de Juana de Arco, parece contraponer Juana a Madame Gervaise: mientras esta última representa la enseñanza tradicional de la Iglesia, en virtud de la cual parece razonable y obligado creer, Juana representa al hombre moderno que no puede creer si no ve con los ojos y no toca con las manos el mismo acontecimiento de gracia. “Porque –escribe Péguy- la eternidad misma está en lo temporal”. ¿La Juana de Arco de Péguy es una figura literaria o coincide con el personaje que se desprende de los documentos históricos?

- Péguy comprendió completamente a Juana de Arco. Y posee una magnífica capacidad de penetración en su historia. Péguy, hablando de la descristianización moderna, cuyas consecuencias últimas estamos viviendo nosotros, escribe: “Todo es acristiano, perfectamente descristianizado, esto es lo que hay que ver. Esto es lo que los eclesiásticos no querrán ver”. También por esto Péguy intuyó el drama de Juana de Arco.

- “Nunca hasta ahora se había hablado tan cristianamente”, escribía Hans Urs von Balthasar de Péguy. Y, sin embargo, Jacques Maritain atacó duramente El misterio de la caridad de Juana de Arco. ¿Quién tenía razón?

- No sabía que Maritain hubiera atacado a Péguy. ¿Está usted seguro?

- He hallado la carta de Maritain en los archivos “Charles Péguy” de Orleáns. Lleva la fecha del 2 de febrero de 1910. Maritain escribe a Péguy: “Después de haber leído su obra, estoy desconsolado. Veo claramente que usted aún está lejos del verdadero cristianismo, con la ilusión de haberlo alcanzado. (...) La vocación de la Beata Juana queda completamente desfigurada. (...) La meditación de la pasión de Nuestro Señor está llena de inconvenientes e irreverencias. (...) ¡Ha osado usted hablar de la Santísima Virgen de manera baja! ¡Es insoportable! En esta obra, hecha con todo su celo y su devoción, se ha quedado deplorablemente fuera. (...) Esto me ha desconsolado”.

- Es absolutamente increíble. No conocía esta carta. Apenas puedo creerlo. Lo que dice Maritain es estúpido. Pero era un intelectual, y Péguy atacaba el partido de los intelectuales. Puede ser que esto lo irritara.

- Puede ser. De hecho, en otra carta conservada en los archivos y fechada el 1º de abril de 1910, Péguy explica a un suscriptor de su revista que lo que le turba a Maritain es que su Juana de Arco no es “una de esas estampitas devotas que los católicos están acostumbrados a encontrar en sus parroquias burguesas”.

- He conocido personas que frecuentaban el círculo católico que se reunía en casa de Jacques y Raisa Maritain para discutir de cristianismo. Por ejemplo, Stanislav Fumet, que era un gran amigo suyo. Pero yo no fui nunca, nunca me atrajo ese ambiente. Quizá por su aspecto de catolicismo intelectual. Y yo no me considero una intelectual.

La Juana de Arco de Péguy es un poco esto: la que se rebela contra el catolicismo de los intelectuales, que se rebela contra los que quieren enseñar a los sencillos el verdadero cristianismo con la ilusión de convertir en cultura la fe. Como si la fe de los fieles sencillos, como Juana de Arco, no fuera plenamente razonable. Y no fuera mucho más inteligente que los hombres, las cosas de la vida y los discursos de los intelectuales.

- ¿Por qué comenzó usted a interesarse por Juana de Arco?

- Por casualidad. Era la víspera de las Navidades de 1952. Me pidieron un artículo sobre el proceso de rehabilitación de Juana. Yo, como todos en aquella época, pensaba que era un personaje de esos que se citan sólo en los discursos oficiales. Y dije que no. Pero tanto insistieron que al final les dije que les echaría un vistazo a los textos existentes. Fui a la biblioteca y me subí a una escalera para hojear los volúmenes de Jules Quicherat, que había publicado todos los documentos sobre los procesos. Comienzo a leer y poco después, por lo menos así me parecía, oigo al bibliotecario que me dice: “Señorita Pernoud, si no quiere que la dejemos dentro debe bajar de esa escalera”. Habían pasado más de dos horas, y no me había bajado de la escalera, absorbida como estaba en la lectura del proceso de rehabilitación. Apasionante. Desde entonces me he ocupado siempre de Juana de Arco. En realidad, me parece que, en todos estos años, no me he bajado nunca de esa escalera, me he quedado ahondando en el sorprendente acontecimiento de un Dios que ha entrado tan profundamente en la historia del hombre que no ha tenido miramientos para meterse en guerras, batallas y procesos. Juana es una paradoja, porque demuestra que también en las peores ocupaciones, es decir, haciendo la guerra, se puede seguir a Cristo. Es en esa situación donde se afirma su santidad, demostrando que no existe ninguna situación, por muy paradójica que sea, en que la gracia de Cristo no pueda obrar visiblemente

 

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