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Jorge Edwards

 Jorge Edwards

Nace en Santiago de Chile en 1931, en el seno de una renombrada familia de la sociedad chilena no exenta de importantes figuras intelectuales, como la de Joaquín Edwards Bello, tío abuelo del escritor. Recibe una educación esmerada en un viejo colegio jesuita de Santiago, donde inicia sus primeras lecturas y redacta sus primeros escritos clandestinos. Realiza posteriormente estudios en Derecho que compagina con una incipiente pasión por la creación literaria. Tras obtener el título de abogado, ingresa como funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores, que decanta su actividad profesional hacia la labor diplomática. En ese tiempo, la lectura y la escritura se ven relegadas a los periodos nocturnos. Fruto de esta etapa es su primer libro de relatos, El patio, aparecido en 1952.

        A partir de 1957 se dedica plenamente a la diplomacia, sin abandonar el quehacer literario a través de algunos relatos y su primera novela, El peso de la noche (1965). Es destinado a la embajada de Chile en Lima hasta 1971, año en que es enviado por el reciente gobierno de Salvador Allende a La Habana para reactivar las relaciones diplomáticas con Cuba. Su estancia en la isla, sin embargo, dura tan solo unos meses al ser expulsado por discrepancias con el régimen castrista. La frustrante experiencia cubana dio pie a su célebre libro Persona non grata (1973). Se traslada a París junto a Pablo Neruda, embajador de Chile en Francia, con el que colabora hasta 1973. Abandona la carrera diplomática y reside en Barcelona, dedicándose plenamente a la literatura y el periodismo, entre 1973 y 1978, fecha en la que regresa a Chile.

        En 1979 ingresa en la Academia chilena de la Lengua. Ha recibido numerosos premios por su trayectoria literaria, entre los que destacan el Premio Nacional de Literatura de Chile, en 1994, y el Premio Cervantes, en 1999. Su última novela se titula El sueño de la Historia (2000).

 

Bibliografía selecta

El patio, Santiago de Chile, Im. Carmelo Soria, 1952.

Gente de la ciudad (cuentos), Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1961.

El peso de la noche, Barcelona, Seix Barral, 1965.

Las máscaras, Barcelona, Seix Barral, 1967.

Temas y variaciones (antología de relatos), selección y prólogo de Enrique Lihn, Santiago de Chile, Editorial Universitaria,1969.

Persona non grata, Barcelona, Barral Editores, 1973.

Desde la cola del dragón: Chile y España, 1973-1977, Barcelona, DOPESA, 1977.

Los convidados de piedra, Barcelona, Seix Barral, 1978.

Persona non grata, Barcelona, Seix Barral, 1982.

La mujer imaginaria, Barcelona, Plaza & Janés, 1985.

El museo de cera, Buenos Aires, Seix Barral, 1985.

El anfitrión, Santiago, Planeta, 1987.

Adiós, poeta, Barcelona, Tusquets, 1990.

Cuentos completos, Barcelona, Plaza & Janés, 1990.

El regalo, Madrid, Compañía Europea de Comunicación e Información, 1991.

Fantasmas de carne y hueso, Barcelona, Tusquets Editores, 1993.

El whisky de los poetas, Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1994.

El origen del mundo, Barcelona, Tusquets Editores, 1996.

El sueño de la historia, Barcelona, Tusquets Editores, 2000.

Machado de Assis, Barcelona, Omega, 2002.

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Entrevista con Jorge Edwards

Confesiones de un aristócrata marginal

El destacado escritor chileno visitó el país para promocionar su última novela, “La casa de Dostoievsky”, ganadora de la última edición del Premio Planeta-Casamérica. En este diálogo, el autor de libros emblemáticos como “Persona non grata” habló sobre sus comienzos, de los premios literarios, su paso por la vida diplomática, la difícil relación que sostuvo con su padre y su vinculación con escritores de la talla de Jorge Luis Borges o Pablo Neruda. “A Neruda le gustaba la fiesta y el trago”, recuerda.

Por Alejandro Bellotti

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Labora. Fue diplomático, periodista y editor. “He tenido que trabajar siempre. Soy un escritor tardío.”

Jorge Edwards se perfumó de gigante. A los 77 años afinó su excepcional calibre y edificó su mejor novela, La casa de Dostoievsky, con la que se alzó con los 200 mil dólares del II Premio Iberoamericano de Narrativa Planeta-Casamérica. Lejos del bamboleo que abriga al galardón, el escritor chileno liquidó con su obra una deuda generacional: homenajear a la poesía de su país y reivindicar la figura del poeta marginal y disidente. En el uso del lenguaje se ven los pingos, y no caben dudas de que Edwards es un auténtico pura sangre. Su estirpe de bacán almidonado lo coloca unos cuantos centímetros por encima de cualquier mortal. “A mí ponme un espressito; sin cortar ni nada, sólo con edulcorante. Es que estoy tan cansado... Arranqué a las nueve de la mañana, y recibiendo una distinción: visitante ilustre de la Ciudad de Buenos Aires”. Bien hecho. Traje azul, camisa a rayas, al tono. Refinado y exquisito, se predispone para la extensa charla que mantendrá con PERFIL.

—¿Cómo lleva la maratón de entrevistas?

—Para mi próximo libro no voy a dar más. No sé si venderé más o menos, pero me cansé. También depende mucho del entrevistador, claro, porque hay algunos que hacen unas preguntas… esotéricas.

Levanta la guardia, y lo publica en marquesinas: en este cuadrilátero, el capitán soy yo. Entonces, desde lo alto lanza su proclama: ¡Ey!, hombre, aprovécheme. No sé qué será de mí en algún tiempo. Aquí me tiene. Tomad y bebed todo de mí, pero con estilo. Nada de desvíos. Con conocimiento y, más aún, con causa.

—¿Qué significa para un autor multipremiado recibir el Premio Planeta?

—Yo no escribí la novela pensando en el premio. Fue mi agencia literaria la que lo decidió. Nunca he pensado mucho en los premios, de hecho no me presenté a muchos.

—En esta oportunidad, el jurado premió los extremos: lo ganó un escritor consagrado como usted, pero también distinguió a un joven escritor como Fernando Quiroz.

—Bueno, es que en realidad el premio es joven, estamos en su segunda edición. El año pasado lo ganaron dos escritores jóvenes, y además yo también soy joven, aunque estoy por la tercera o cuarta juventud (se ríe).

La novela toma su nombre de una casa que en los años 50 fue habitada por artistas, poetas y periodistas, conocida como la casa de Dostoievsky. Edwards, quien bebió de aquel festín, construyó una recreación fantástica de ese Chile marginal y subterráneo. Allí están los olores, los matices, la bohemia, exilio y redención. El Poeta, sin nombre propio pero en mayúscula, es el protagonista del periplo. Santiago, París, La Habana, Allende, Pinochet. Un relato que transita por los ideales políticos, estéticos y amorosos de una generación.

—¿Por qué presentó la novela bajo el título de “La ciudad del pingüino”?

—Porque el poeta Enrique Lihn tiene un poema que se llama El paseo Ahumada, y que retrata muy bien la atmósfera de la oposición que existía contra Pinochet; pero no una oposición política organizada, sino de las catacumbas, de poetas marginales, tipos de la calle como el Pingüino, que existió, una persona completamente deforme que tocaba el tambor en las manifestaciones contra la dictadura. A Lihn le gustaba mucho el submundo, al cual yo me asomaba a veces, aunque no era tan extremo como él. Yo era un hombre más de orden, pero me atraía el abismo.

—El recurso autobiográfico siempre presente.

—Bueno sí, aunque también yo bromeo mucho con eso, porque hago aparecer como autobiográfico algo que no lo es y a veces meto la autobiografía, pero de forma solapada.

—Pero El Poeta está inspirado en su amigo Lihn.

—Claro, tiene mucho de Lihn, pero no todo. Por ejemplo, el personaje del libro tiene tres mujeres y Lihn tuvo como cincuenta. La inspiración está, pero después el personaje adquiere vida y termina por llevarme a mí, entonces por qué no seguirlo. Una de las compensaciones de la literatura es justamente que a los personajes los inventa uno, pero luego adquieren autonomía, dejan de ser del autor.

—Y usted recurre mucho a un personaje, pienso, además de esta novela, en “El inútil de la familia” y “El sueño de la historia”, que representa al artista disidente, marginal y solitario. Tiene una fuerte atracción por esta tipología.

—Sí, porque esa figura es un poco autobiográfica. En esta novela, aunque el protagonista se parezca a Lihn, también puede ser un poco Jorge Teillier, Vicente Huidobro. En El inútil de la familia trabajé con una persona histórica, real, y lo que hice fue ficcionalizar las cosas que se desconocían de Joaquín.

—Una persona muy importante en su vida.

—Sin dudas, aunque sólo lo vi una vez y media (se ríe). Y eso fue lo fuerte: alguien de quien siempre se hablaba en mi familia pero nunca aparecía. Joaquín se evadía mucho, hacía unas desapariciones impresionantes durante meses. Pero con el tiempo supe que fue una persona admirada, aunque no por mi familia, claro. Una tarde estuve con Borges en su casa, y comenzó la conversación preguntándome por él, a quien había conocido. Le conté que había tenido una parálisis facial y después se había suicidado, y entonces me hizo un comentario bastante cruel: “quedó como L’ homme qui rit” (El hombre que ríe).

—Víctor Hugo…

—Sí, un comentario cruel, pero genial. Muy de Borges.

En El inútil de la familia (2004), Edwards rescata la vida de su tío abuelo, Joaquín Edwards Bello, un excéntrico escritor y cronista maltratado por el clan familiar, pero admirado por escritores e intelectuales. Fue a los veintitrés años que Joaquín publicó El inútil, novela con la que retrató con toneladas de acidez la aristocracia a la que él mismo pertenecía. Eso, y sus colosales apuestas en el hipódromo fueron razones suficientes para que sus familiares lo rotularan como amenaza contra el honor de los Edwards.

—Una certeza: la musicalidad de su prosa denota que usted, antes que todo, es poeta.

—Absolutamente. Es que mi generación de escritores tuvo a su vez una generación anterior con grandes poetas. Estábamos muy marcados por Neruda, Vallejo y Huidobro. Porque el Borges poeta no nos marcó, sí el prosista. Y después los poetas clásicos, modernos clásicos, digamos: Rimbaud, Baudelaire, T.S. Elliot. Pasamos a la prosa, pero con la idea de que el aire de la poesía estuviera también en la prosa. Y sentí eso en Vargas Llosa, donde había ecos de Vallejo. También en la comparación de Residencia en la tierra de Neruda con Rayuela de Cortázar.

—En la época que Neruda coqueteaba con el surrealismo.

—Así es.

—¿Cómo se relacionaron?

—Yo le mandé mi primer libro, cuando tenía veinte años, él me mandó llamar y desde entonces, nos vimos mucho. Fuimos muy amigos. Neruda tenía una característica muy especial: en privado era muy divertido, muy bromista, le gustaba la fiesta, el trago. No era trasnochador, porque por ejemplo él se bebía una cantidad tremenda de whisky, pero antes de cenar, después comía y se iba a dormir. Además era un conversador fenomenal; sabía mucho. Aunque también era muy antiintelectual, desconfiaba del pensamiento filosófico y todo eso. El decía que no se había hecho comunista leyendo a Marx, sino viendo la pobreza del sur. Entonces yo pensaba que perdía tiempo con él, porque yo sí era un intelectual, además de haber estudiado filosofía, pero finalmente la experiencia nerudiana fue interesante.

—Y además de Filosofía estudió Derecho. ¿Por qué?

—Porque así lo quería la familia, y porque era la carrera que exigía menos. Incluso podía ser alumno libre y no asistir a clases. Entonces yo era alumno de la universidad, estaba en casa de mis padres sin mayores problemas y me dedicaba a leer, a escribir, a frecuentar a los poetas, y al final del año en un mes, mes y medio, tomando unas píldoras terribles como la Benzedrina que me mantenían despierto toda la noche, hacía los exámenes.

Jorge Edwards nació en Santiago de Chile en 1931, en el seno de una familia tradicional. Se recibió de abogado, ejerció como diplomático desde 1957 hasta 1971, cuando fue expulsado de la embajada chilena en Cuba por Fidel Castro. Como escritor publicó, entre otras novelas, El patio (1952), Los convidados de piedra (1978), Adiós poeta (1990) y Persona non grata (1973), libro que engordó su notoriedad, y con el cual reconstruyó los pormenores de su enfrentamiento con la revolución cubana.

—¿Cómo fue la relación con sus padres?

—Con mi madre, maravillosa y con mi padre, muy difícil porque era muy autoritario y quería que fuera abogado y cosas por el estilo. Me decía: “¿Por qué no escribes el fin de semana y eres abogado durante la semana?”.

—Un planteo paternalista…

—Completamente. Yo he pensado ahora en escribir unas memorias de infancia, la que transcurre en un caserón viejo y oscuro ubicado en la Alameda, calle principal de Santiago, al lado de un convento de Carmelitas. Recuerdo que el convento se incendió, y cuando eso ocurrió, los niños del barrio entrábamos y nos paseábamos por el convento. Allí vimos unas piezas de hierro retorcidas y yo pensaba: “Aquí se torturarán las monjas o se amarrarán a estos fierros”. Eran ideas eróticas, yo me imaginaba a estas monjas amarradas a esos fierros, semidesnudas.

—¿Cuántos años tenía?

—Unos ocho.

—Ocurrencia precoz, ¿no le parece?

—(Se ríe). Lo que pasa es que yo iba a un colegio católico, San Ignacio, donde si me descuido, me hacen cura. Y yo creo que para escapar tuve que hacerme ateo, porque todo eran escrúpulos, fobias, culpas, miedo a las mujeres. Estuve nueve años en ese colegio. Todo muy oscuro, hasta que apareció un cura moderno, revolucionario, que se llamó Alberto Hurtado, que ahora está canonizado. ¡O sea que yo tuve de profesor a un santo! ¿Y cómo salí yo tan poco santo? Yo creo que salí así porque era muy extrema la cosa, además había cuestiones raras, los curas eran medio maricas. Y yo quiero entrar en ese lado oscuro de mi infancia, en esa casa de orden con un padre mandón y un colegio muy represivo donde había mucho cura vasco y franquista.

—¿Recuerda a sus amistades de entonces?

—Eran todos amigos del colegio. Hace poco me encontré con uno en un aeropuerto, uno de esos hombres muy elegantes; se llama Fischer, y siempre se presentaba como Fischer, el inglés, porque también hay Fischer alemán, y él estaba muy orgulloso de ser inglés.

—Mismo origen que el suyo.

—Exacto. ¿Sabe lo que me dijo Neruda una vez? Es muy difícil en Chile ser escritor y llamarse Edwards. Si hubiera decidido ser banquero o abogado hubiera tenido todas las facilidades, pero ser escritor… Una vez pedí una beca y la comisión dijo: “No, a éste que lo beque su padre” (risas).

—Y... su padre tendría muchas influencias.

—Puede ser, pero mi padre no era rico, tenía un buen pasar, pero no era rico. Era abogado y después cuando se casó, entró como comerciante agrícola junto a mi abuelo, porque el único hijo varón de mi abuelo, a quien le decían Pepe, se convirtió en un alcohólico perdido, que tiene mucho que ver con el personaje de mi primera novela. Se murió en su ley: de cirrosis.

—¿Y cómo llegó a la diplomacia?

—Muchos creen que fue por mi familia, pero no. De hecho mi padre no quería, decía que los diplomáticos eran unos ociosos y maricones. Entré porque cuando terminé Derecho pensé: hablo inglés y francés, en la diplomacia me puedo refugiar, escribir. Rápidamente me di cuenta de que no era un lugar de no hacer nada, sino todo lo contrario: hacer mucho. Porque después de la jornada de ocho horas había que ir a cócteles, entregar medallas, hacer discursos. Yo sufría porque cuando estaba en los años 60 en la cancillería en París, vino todo el boom latinoamericano y me lamentaba de estar metido ahí haciendo oficios comerciales. Escribía, pero no tenía tiempo para la vida literaria, por eso me considero un escritor tardío, porque perdí mucho tiempo.

—Bueno, después tuvo su mala experiencia cubana, lo que en realidad fue beneficioso ya que le permitió dedicarse a la escritura.

—Así es, porque además Persona non grata se vendió mucho, y me puse a escribir artículos, dirigí unas ediciones de Seix Barral… Ahora que lo pienso: he tenido que trabajar en mi vida. ¿Curioso no?, porque los poetas que yo conocía… Mire, le voy a confiar algo que no le dije a nadie. Cuando lo alojé a Enrique Lihn en mi casa de París, salíamos juntos y tomábamos copas en forma desmedida; nos acostábamos a las cuatro de la mañana y yo me levantaba a las tres horas para ir a la embajada. Un día vuelvo a la una de la tarde y lo encuentro a Enrique durmiendo en un sofá, con su abrigo y su corbata… ¡no se había desvestido! Pensé: qué buena vida se dan los poetas, se quejan todo el día y envidian que uno tenga su casa, su auto, pero resulta que el trabajo que tenía yo él no lo conocía ni de vista.

—¿Recuerda a qué escritores o escritos debe su oficio?

—Mi primer descubrimiento fue Joyce. Un alumno de un colegio inglés que conocí me comentó que estaba este escritor, fui a una librería inglesa y compré Retrato del artista adolescente y me lo leí, y después leí Dublineses y me fascinó, y empecé a escribir a la manera de ese relato a los 16, 17 años.

—¿Y cómo se lleva con las nuevas formas de escritura? Blog, chat, MSN.

—Yo no sé qué es eso del blog y demás, pero sí uso la computadora para escribir, corregir y guardar. Y no me resulta, porque hace poco me robaron una y perdí mis direcciones, mi archivo… parte lo tenía resguardado en un disquete, y parte no; pero salvé esta novela de milagro. La tenía guardada en una de esas cosas… ¿cómo se llama?... ¿pen drive? Por la mañana fui a una oficina y la copié en uno de esos ordenadores grandes y al mediodía, perdí el pen drive. ¡Increíble!

—¿O sea que por culpa del pen drive se perdía el premio y los 200 mil dólares?

—Así es.

—Eso sí que es suerte.

—Más que eso. Le aseguro.

La experiencia cubana

—Es inevitable preguntarle por su expulsión de Cuba. A raíz de ese episodio, usted abandonó la diplomacia y escribió “Persona non grata” (1973), libro muy controvertido. ¿Qué recuerda de entonces?

—Cuando me expulsan de La Haban a, voy directamente a París, sin pasar por Santiago, porque Neruda había insistido en que fuera como su segundo. Fidel Castro estaba furioso. Seguramente pensaba que yendo a París, Allende en vez de castigarme, me estaba premiando. Lo que pasa es que Neruda no quería nada a los cubanos después de la carta que le enviaron en el 66 un grupo de intelectuales comandados por Nicolás Guillén. Esa carta le amargó el final de sus días.

—¿A raíz de “Persona non grata” hay un reordenamiento de sus amistades?

—Sí, claro. Cortázar me manda un recado en el que expresa que seguirá siendo amigo mío, pero que prefería no verme. Pero por otro lado, Octavio Paz se me acerca.

—Y Ariel Dorfman lo ataca duramente, acusándolo de empleado de la CIA.

—Dorfman es un cursi de la literatura. Recuerdo que cuando volvió a Chile, fue a la casa de un escritor amigo mío, y cuando salió a recibirlo, se encendieron unos focos… Estaba todo montado para un programa de televisión norteamericano que documentaba “el regreso de un exiliado”.

—¿Qué análisis hace de los cambios que promueve Raúl Castro en Cuba?

—Son cambios reales, porque Fidel no hubiera aprobado ninguno de ellos. Entonces parece que Raúl era un disidente oculto (ríe). Estos pequeños cambios van a dejar una huella y van a generar un dinamismo que no sé a dónde puede llegar.

El Chile de ayer y de hoy

—¿Qué significó Salvador Allende para Chile?

—Bueno, creo que había una ola revolucionaria que estaba teóricamente representada por él, pero que iba a producir un desastre, porque significaba descontrol en la economía, además de producir una polarización del país con un ejército conservador, lo cual era muy peligroso. El no representaba a la gente de esa ola pero no podía frenarlos, tenía que demostrar toda esa impronta de revolucionario, pero en el fondo… se daba cuenta de que en nombre de la revolución se hacían disparates. El fue un símbolo y tuvo que pagar las consecuencias de ser símbolo.

—¿No considera que haya que reivindicarlo?

—Se puede reivindicar como mártir, como una figura que murió como hombre. Nada más.

—¿Se cerrarán algún día las cicatrices de la dictadura chilena?

—Nunca.

—Sin embargo, actualmente en Chile hay mucha presión para enjuiciar a los culpables y la presidenta Bachelet parece dispuesta a ello.

—Hay grupos que piden que vayan más militares a la cárcel, que se juzgue, pero es un asunto muy grave, porque el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 fue un golpe del ejército y entonces, en el fondo, están comprometidos todos. Para que todo se olvide tendrá que pasar al menos una generación más

Publicado por Diario Perfil
Domingo 22 de Junio de 2008
Año III Nº 0271
Buenos Aires, Argentina

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